Corazón Azul – Primera Parte

TítuloCorazón Azul – Primera Parte

Autor: Juan Pablo Rivera; D.R. © 2013-2017

Categoría: Cuentos Largos de Amor

 

En esta ocasión presentaremos uno de los más bellos y tristes relatos que hemos publicado. Los cuentos largos de amor como el que a continuación ofreceremos, nos regalan historias sobre el respeto y cuidado de los animales, que a decir verdad, no se tiene. Sin más dilación, aquí te dejamos la primera parte, esperamos y la disfrutes.

El noble animal dobló a la derecha sin disminuir su paso, para internarse en una brecha rodeada de maleza; no era la primera vez que su amo lo conducía por aquellos rumbos. Al fondo se miraba una extensa llanura cubierta de espeso follaje, después de unos instantes avanzando a trote, el corredor se terminó y el conductor se apeó de la vieja carreta de madera, para abrir el portón que le impedía entrar en aquel paraíso color esmeralda.

Don Teo, volvió a subir al rudimentario vehículo y arreó con suavidad su mula parda hasta quedar dentro de aquella alfombra verde.

—¡Ánimo “Azul”!, pequeña amiga, —le decía con cariño a su mascota—, hemos llegado, puedes comer lo que se te antoje mientras yo corto y cargo la pastura.

El equino pareció entender el lenguaje del humano, dio un ligero relincho como dándole gracias y se dispuso a disfrutar de aquella tierna y jugosa alfalfa.

Cuentos Largos de Amor: Corazón Azul - Primera Parte

Teo y su Mula, eran el complemento ideal de trabajo desde hacía más de 15 años, podía decirse que se cuidaban mutuamente, se necesitaban el uno al otro y eso los había unido bastante formando lazos especiales entre el cuadrúpedo y el anciano. El señor sabía, que tarde o temprano alguno de los dos dejaría de existir, era cuestión de tiempo; pues ambos estaban viviendo sus últimos días.

Estás leyendo la primera parte de Corazón Azul, que es uno de los cuentos largos de amor escritos por Juan Pablo Rivera. Este relato nos entrega una gran historia con enseñanza sobre el cuidado y respeto a los animales. Su Autor ha permitido adaptarla para la versión online.

Cuando empezaba a oscurecer y con la carga a cuestas, Teo y su Mula tomaron el camino de regreso a paso más lento como queriendo no llegar a casa. Hacía tiempo que Doña Jovita los había dejado, ya no los esperaba con los brazos abiertos como era su costumbre. Una noche, agobiada por una extraña enfermedad que la tuvo en cama durante más de un mes, partió hacia los confines de lo desconocido realizando el “viaje en vuelo sencillo” sin retorno.

Don Teo no podía menos que derramar una lágrima cuando recordaba al amor de su vida. Cuando se la “robó”, se juraron amor eterno. En aquellos tiempos, lógicamente era un jovencito rebelde al que los padres de Jovita no querían, pues pensaban que a vuelta de un tiempo se separaría de ella; pero, Teodoro les demostró ser un hombrecito “hecho y derecho”, trabajador, honrado, responsable, se ganó la confianza y el respeto de los suegros y a partir de ahí, su felicidad fue aún mayor.

Del matrimonio surgieron cuatro hijos; dos mujeres: Clara, la mayor de todos y Julia la menor del clan; y dos varones: Rafa y el pequeño Arturo. Clarita, Rafael y Arturo se fueron a vivir lejos de aquel ranchito, buscando el sueño de mejorar las condiciones sociales y económicas que “ofrecen” las grandes ciudades.

Julia por su parte, contrajo nupcias con un modesto agricultor de una de las provincias adjuntas a aquel minúsculo asentamiento. De esa relación, tuvieron dos hijos varones: Enrique y Felipe, niños que crecieron cumpliéndoles todos los caprichos y que pasado los años, dejaron los estudios y se convirtieron en unos adolescentes rebeldes, flojos, desobedientes, osados con propios y extraños.

Cuando joven, Teodoro estaba acostumbrado a trabajar la tierra con arado, pala y azadón. Daba lo máximo de sí en cada siembra, cosechaba los frutos de su esfuerzo y vendía sus productos 100% orgánicos en el mercado municipal de San Román; una comunidad anclada en la cima de una pequeña cordillera, a la que podía llegar en un máximo de 45 minutos utilizando un caballo desde el Rancho “Las Caléndulas”, lugar donde Teo residía.

En aquellos periodos de bonanza, el ahora anciano recorría a diario aquella ruta, llevando su mercancía que era muy apreciada por la comunidad citadina. Cosechaba además de frutos de árbol como el limón, la guayaba, el mango, la ciruela, la naranja; diversas legumbres tales como: rábano, calabaza, ejote, col, tomate, cebolla cambray, etc.

Llegaron los tiempos modernos, trayendo con ello la maquinaria y tecnología; lo que le permitió al señor hacerse de un tractor y del equipo necesario para cultivar sus tierras, fue cuando logró despegar y hacer sus buenas inversiones en bienes de capital y en efectivo.

Cuando económicamente estuvo donde quería, habló con su yerno (marido de Julia) y le confirió en renta las 100 hectáreas que con mucho esfuerzo había logrado adquirir. El rédito por cada una, fue sólo simbólico, representaba un cuarto del costo real; pero así lo decidieron él y su Jovita, no necesitaban más para vivir.

Con sus ahorros, compró unos cuantos acres para usarlos como agostadero, obtuvo un pie de cría vacuno y una tarde hizo lo que consideró la mejor inversión: Negociar a “Azul”. Llegó contento jalando las riendas de aquel “ejemplar de trabajo” al tiempo que gritaba.

—¡Jovita, mira, ven a ver lo que compré!

La dulce mujer, salió a darle el visto bueno y sonriendo asintió con la cabeza aprobando aquella adquisición. A partir de ahí se formó el lazo indestructible entre el hombre y el equino.

Teo, a pesar de contar con lo suficiente como para no trabajar, continuaba cuidando de Azul, de su ganado y seguía sembrando su agostadero. Los años cayeron como gotas de lluvia, barriendo y deslavando lo que quedaba de fuerza vital y juventud. La tercera edad cayó sobre la pareja y con ello, la enfermedad de Jovita, que la postró en una cama hasta que llegó lo indeseable: su muerte.

Fueron momentos de angustia y dolor indescriptible para “el viejo”, a pesar de ello, logró controlar su desconsuelo y cayó en resignación; pero se mantenía siempre ansioso esperando el momento de reencontrarse con su amada.

Don Teo era visitado ocasionalmente por Julia y su esposo Ramón, a los que no les gustaba que el “viejo” les llamara constantemente la atención por la forma de educar a sus chicos.

Dentro de sus planes inmediatos; Teodoro tenía la idea de dejar sus bienes y su dinero a Julia, que finalmente había sido la única de sus hijos que lo frecuentaba y según él, estaba al pendiente de su estado de salud.

Se acercaba el “mes del testamento” (septiembre) y tenía pensado visitar la Notaría Pública No. 59 de San Román; con el fin de plasmar con todas las de la Ley, sus últimos deseos. «Hereda soluciones y no problemas», pensaba acertadamente el humilde potentado.

El lunes 27 de agosto, en pleno amanecer, con el clima sofocado y caluroso; Teo se levantó a darle los buenos días a Azul, con la intención de servirle un poco de avena y agua.

Después de dejar las cubetas del alimento se dirigió a la sala para recostarse, se sentía sumamente cansado, mareado y decidió reposar el día entero; tomó el teléfono y habló con Julia para comentarle lo que le pasaba.

—No te vayas a levantar, no te muevas, voy para allá —le dijo alarmada su hija.

Con toda la intención de quedar bien, en escasos minutos, Ramón, Julia y sus dos retoños, hicieron su aparición en casa del Septuagenario. A Doña Chelito, vecina de Teodoro y amiga de muchos años, se le figuró ver en aquella familia la recreación de una parvada de Zopilotes, en espera de llenar con carroña sus vacíos existenciales y de dinero.

—¡Papá!, ¡Papá!, ¿Cómo te sientes? de verdad me preocupaste, ¡Gracias a Dios estás bien! —dijo Julia, al tiempo que lo besaba en la frente.

Cuando estuvieron más tranquilos, el matrimonio planteó:

—Papá… Ramón y yo, hace tiempo que queremos comentarte que necesitas de alguien que te ayude, ya no puedes ni debes estar solo y hemos pensado que se vengan a vivir contigo Enrique y Felipe; con la intención de que ellos se hagan cargo de todo y que tú te dediques únicamente a administrar tu pie de cría y tu agostadero. Ya no debes trabajar en el campo, tu lugar más bien, está detrás de un escritorio haciendo números —recalcó convincente Julia.

A Teo no le pareció muy adecuada la idea; pero a la vez puso en la balanza el bienestar de él y de Azul. «Serán sólo unos días mientras me repongo, ya después volveré a la carga» —pensó, tratando de convencerse.

Una vez que estuvieron todos de acuerdo, la pareja se marchó como si fueran recién casados: sin hijos, sin preocupaciones, y con una sonrisa de triunfo en el semblante.

El martes 28, el par de hermanos se pusieron de pie muy temprano, dieron de comer a Azul y depositaron en el corral suficiente alimento para el ganado, mientras que, sentado en una silla poltrona los miraba satisfecho el abuelo.

«Parece que acerté al considerar el planteamiento de mi hija. Confiar en mis nietos me hace sentir bien, que bueno que les di la oportunidad de demostrar que son personas útiles y de bien» —cavilaba el señor al tiempo que suspiraba.

El miércoles 29, jueves y viernes 30 y 31 respectivamente, fueron como una película repetida del día 28, todo transcurrió en calma y con normalidad. Al llegar el primer día de septiembre el forraje estaba por terminarse así que por la tarde Teo habló con el mayor de sus nietos.

—Enrique voy a hacerte responsable de surtir la troja con pastura fresca, por la tarde tú y Felipe; pegaran la mula a la carreta e irán al agostadero a cortar diez tercios de alfalfa, espero que no me defrauden y que traten bien a Azul —expresó el anciano con cierta vehemencia.

Continuará…

Si te gustan los cuentos largos de amor y deseas seguir disfrutando la segunda parte de Corazón Azul, entonces te invitamos a que continúes en nuestro sitio para que descubras cuál es el desenlace de esta gran historia de respeto y cariño a los animales.

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