Cortito Pero Filoso

TítuloCortito Pero Filoso

Autor: Pablo Aldana; D.R. © 2013-2016

Categoría: Cuentos Chistosos Cortos

 

En este sitio también podrán leer cuentos chistosos cortos y en esta ocasión les ofrecemos una historia para reir. Esperamos la disfruten y que logremos nuestro cometido.

Candelo, septuagenario tozudo, embaucador, labioso, queda bien y lame botas de los que más tienen, le dio el último trago a su café y le dijo a su mujer: «Baudelia, voy al monte a buscar bledo para los puercos».

Tomó su machete cortito “cacha de madera” y se lo enfundó bajo la axila. Acto seguido, salió rumbo al río rodeado de un montón de perros flacos que ladraban y retozaban violentando la calma de aquel callejón.

Pensó en acortar el camino para llegar a un agostadero que le habían dicho, estaba cargado de maleza; y para ello, trazó en diagonal la ruta. Esbozando una sonrisa como de triunfo a su inteligencia, vino a su mente aquella frase célebre en geometría: «La distancia más corta entre dos puntos, es la recta».

Cuentos Chistosos Cortos - Cortito Pero Filoso

Estaba sumido en sus vacilaciones cuando el ladrido de los perros lo regresó de nuevo al “planeta tierra”; entonces se dio cuenta de que la milpa de Don Alejo ya estaba “jiloteando” y se le “cayó la baba” nomás de imaginar que pronto podría degustar unos suculentos tamales.

Estás leyendo Cortito Pero Filoso uno de los varios cuentos chistosos cortos que ha escrito Pablo Aldana. Es una divertida historia a la que se le hicieron pequeñas adecuaciones para la versión online.

 

Don Alejo, pequeño propietario, agricultor chapado a la antigua, duro de roer, cuidaba muy bien su parcela y le daba sus vueltas frecuentemente para vigilar que no le robaran.

Candelo sabía perfectamente que no era una tarea fácil conseguir de buena manera aquellos elotes, pues en el pueblo se rumoraba que Don Alejo era de “armas tomar”; así que se las ingenió para obtener a toda costa la materia prima que necesitaría para sus futuros tamales.

Cuando la milpa se cargó de elotes, Candelo esperó pacientemente para hacerse el encontradizo con su dueño. Acompañado de su inseparable “sable metálico” bajo el brazo, le dio los buenos días dejando ver sus amarillentos y deformados dientes.

—Cómo le va Don Alejo —dijo Candelo—. ¿Ya están buenos los elotes?

—Así es, ahora más que nunca tengo que cuidarlos —respondió el propietario de aquel maizal.

Era lo que Candelo esperaba para lanzársele y argumentó: «Si quiere yo puedo cuidarle la parcela, ya ve que todo el mundo por acá me conoce y por mi sueldo no se preocupe, me doy por bien pagado si me autoriza para que “de vez en cuando” pueda sacar unos elotitos pa’ que mi vieja me haga unos tamales».

A Don Alejo no le pareció tan descabellada la propuesta y aceptó de buena gana, pues sabía que de todas formas aquel hombre le robaría una buena cantidad elotes.

Pero con ese trato según él, mataría “dos pájaros de un tiro”, neutralizando a Candelo y este último, además cuidaría su parcela para que nadie más se metiera. Pensó: «¿Qué tantos elotes se pueden comer este mugroso y su mujer?».

El primer cobro de Candelo como pago por sus servicios de vigilancia, lo hizo delante de Don Alejo, para ello, llenó un costal de ixtle al que le cupieron aproximadamente unas 15 docenas de elotes. Ayudado por una carretilla “Cande” llegó “asoleado” empujando aquella carga; su mujer, lo recibió con los brazos abiertos.

Los ojos del pequeño propietario no vieron el segundo cobro, que dicho sea de paso no fue uno sino dos costales repletos. Para la tercer ministración, Candelo ya traía ayudante y multiplicó por 4 su primer recibo.

Como era de esperarse, llegó a oídos de Don Alejo que “Cande” ya hasta vendía tamales en el rancho; fue entonces, cuando tomó la decisión de “cortarle las alas” al septuagenario.

Esa mañana, el “cuidador” tuvo problemas para materializar su cuarto cobro pues se topó con el dueño del sembradío al salir de una guardarraya. Sumamente molesto Don Alejo le reclamó el abuso de confianza.

Candelo sólo se limitó a darle una orden a su ayudante: «Cipriano, baja inmediatamente esos costales de la carreta y vete pa’ la casa, allá te alcanzo».

Diez costales de elote quedaron esparcidos en el canal de riego. La cara de Candelo se desencajó, dando la impresión de que le dolía hasta el alma aquél reclamo que consideraba una “traición”, “una ofensa”, “una difamación”.

Con el semblante entristecido tomó su machete cortito “cacha de madera” y pasándoselo bajo la región axilar dijo en su defensa: «Ya me habían dicho que eras muy delicado, y yo no me la quería creer». Después, se perdió entre la maleza.

Esperamos que los cuentos chistosos cortos que publicamos aquí, sean de tu completo agrado. Te invitamos a seguir disfrutando de otras historias divertidas en nuestro sitio.

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