Dos Contra Tres

TítuloDos Contra Tres

Autor: Pablo Aldana; D.R. © 2013-2017

Categoría: Cuentos de Humor Cortos

 

En nuestro sitio podrán encontrar cuentos de humor cortos como el que a continuación ofreceremos. Se trata de una historia de aventuras muy divertida, que retrata quizá, a ciertos personajes del folklore mexicano; posiblemente también de otros países. Sin más preámbulos aquí se las dejamos.

Después de afeitarse, Serapio Valdez, vació el “after shave” entre sus manos y se lo aplicó vigorosamente sobre la cara dándose escandalosas palmaditas provocando el enrojecimiento de su agria piel quemada por el sol. 

Perdió varios segundos admirando su reflejo en la media luna, convencido de que había quedado como galán de telenovela; sonrió complacido enseñando el hueco frontal de su deforme dentadura, dio un ligero puñetazo en su mentón y evocó las gracias al Creador por haberlo hecho tan irresistible.

Cuentos de Humor Cortos - Dos Contra Tres

Era domingo día de San Romeo, 21 de noviembre la fecha, se celebraban las fiestas en honor del santo párroco que la gente de aquella pequeña ciudad organizaba con gusto cada año.

Estás leyendo Dos Contra Tres que es uno de los cuentos de humor cortos escritos por Pablo Aldana. Esta historia divertida tiene un toque de miedo, suspenso y aventura. Se le hicieron pequeñas adaptaciones, autorizadas por el autor para ofrecerla en esta web.

 

Era costumbre, después de honrar al patrono con una misa, realizar ciertos procesos festivos tales como: puerco encebado, palo encebado, el torito, bailes indígenas, rifas, lotería y, desde luego, no podían faltar la verbena, los juegos pirotécnicos, las diversiones mecánicas, los elotes cocidos, la kermesse de ricos antojitos mexicanos, el algodón de azúcar, los churros, las manzanas acarameladas y un sinnúmero de dulces y botanas típicas.

Una vez que vació sobre su humanidad el resto de la loción 7 machos; Valdez, enredó la roja pañoleta sobre su cuello, para posteriormente “encajarse” el sombrero veraniego que le agregaba según él, un toque exquisito de distinción a su forma de vestir.

Metió en la bolsa izquierda de su camisa guayabera la cajetilla dura de sus cigarros, calzó sus botines piel de mula y se arrebujó con su chamarra de cuero, quedando listo para apersonarse en las Fiestas de San Romeo. «Habrá muchas Julietas esta noche tras de mis huesos», pensó socarronamente el Pseudoadonis.

Dos kilómetros de distancia era uno de los obstáculos a vencer. Entre el rancho donde vivía Serapio y la Parroquia de San Romeo la gente acostumbraba caminar; pero no era el momento adecuado para echar a perder la percha. «De ida hay que conservar la guapura, de regreso como quiera» pensó el gallardo personaje.  

Alrededor de las 6:30 de la tarde y después de estar parado por espacio de 45 minutos consiguió que un tipo en motocicleta le diera un “aventón”. «Peor es nada» se quejó para sí mismo Valdez; mientras se apechugaba el sombrero y luchaba por mantenerse sentando en aquel pedazo de asiento saltarín.

Pero, ¿quién era este colorido personaje de pueblo? Serapio nació una fresca mañana del vientre de Doña Chila, cuando vio la luz por primera vez, lloró como pocos, ni el pecho materno podía calmarlo hasta que lo subieron a una hamaca confeccionada con medio costal de ixtle y le dieron vuelo hasta que guardó silencio quizá por miedo o tal vez por gusto.

Cuando creció empezó a creerse más que los demás. Era “buena onda” pero rayaba en lo mentiroso, exageraba de valiente y pecaba de cobarde, los que lo conocían ya se habían acostumbrado a su forma de ser, lo aceptaban porque les causaba gracia escuchar todas sus aventuras que terminaban poniéndolo siempre como el héroe, el “indespeinable Van Damme”, galán fortuito, deseado por las mujeres más hermosas.

Si se trataba de bailar, él era el mejor; para vestir, inigualable; para montar a caballo, un profesional; para los amores, irrepetible, en pocas palabras se sentía una creación superlativa.

Con el correr del tiempo, le fue preciso aprender sobradas artimañas; sus embustes lo hicieron astuto, sagaz para resolver los conflictos en los que caía constantemente por inventar tantas cosas. Así fue como se autoformó Serapio Valdez, sus engaños le dieron un toque casi mágico y su carácter le hacía sobresalir como notable figura de nuestro folklore mexicano.

Acomodándose y sacudiéndose el pantalón, el protagonista de aquella tarde-noche se apeó del vehículo motorizado “bi-rueda”, le dio las gracias al conductor propinándole una senda palmada y se encaminó a la iglesia dispuesto a escuchar y soportar el cansado y somnoliento sermón del Cura Francisco.

Como señal de buena fe cristiana, se quitó el sombrero y en silencio absoluto; tomó asiento en una de las más apartadas bancas mirando de reojo a los fieles que lo rodeaban, trataba de no equivocarse en los actos de contrición requeridos en el culto.

Oraba ininteligiblemente moviendo los labios, parafraseando las oraciones; pues dicho sea de paso, no se sabía ninguna de ellas, sólo había cumplido con dos de los sacramentos: el bautizo y confirmación.

Cuando se pasó al punto cumbre de la ceremonia: el sacramento de la comunión, observó de soslayo a una hermosa señorita que se dirigía a “reconstruir con hechos la última cena”, quedó estupefacto al ver aquel ángel sin alas postrado en la tierra para él, no había duda; era una señal de San Romeo y a toda costa, debía llevar a buen fin la encomienda que le enviaba aquel mártir del Señor, no podía fallar, debía cumplimentar el milagro.

En ningún momento le quitó la vista de encima, un encontronazo casual con la mirada de la chica y la suya, le hizo creer equivocadamente, que le gustaba; todo estaba arreglado, esa noche debía darse a la tarea de conquistarla.

En plena plaza, Serapio se encontró con Epifanio; pariente lejano suyo a quien esquivó saludándolo de pasada no sin antes, convencerlo para que se acompañaran de regreso al Rancho cuando terminaran los festejos.

Tenía temor de caminar solo a altas horas de la madrugada; pues se escuchaban rumores que una serie de asaltos habían sido perpetrados por un par de pillos, que aprovechaban los momentos de plena oscuridad para cometer sus fechorías.

Se despidió del familiar y quedó de verse con él a las 00:00 horas en punto. Ni tarde ni perezoso se enfocó a la realización del prodigio sobrenatural para el que había sido convocado, a un lado del quiosco miró sentada a la dueña de su corazón, acompañada de tres amigas más. Se reacomodó la camisa, ladeó 15 grados a la izquierda el ala de su sombrero y se lanzó al abordaje de lo que para él, era “lo posible”.

Abril no vio venir al susodicho enamorado, de tal manera que se sorprendió cuando lo tuvo de frente y sonriendo desplegó su boquete dental para invitarla un elote cocido con crema, limón, chile y sal.

Por respeto aceptó la solicitud de Valdez; que no era un completo desconocido para ella, ya antes lo había visto deambulando por las calles de la ciudad. Eso bastó para que Serapio no se despegara un solo instante de la muchacha; quién aún sintiéndose incomoda, no se atrevía a rechazarlo.

Doce campanadas del reloj en la torre central de la Iglesia, anunciaron la despedida de aquel ángel pero el “guapo” ni las escuchó; de inmediato, se ofreció acompañar a las damas hasta sus moradas, quería ser el protector en el mundo de aquel ser supra terrenal.

Antes de llegar al portal frontal, en el domicilio de la hermosa fémina; un tipo de aspecto fornido, alto, bien arreglado y con un puro encendido, les cerró el paso. Serapio tragó saliva y se disponía a hablar, cuando ella se arrojó a los brazos del joven y lo besó apasionadamente para posteriormente decir:

—Mira Antonio, te presento a Serapio, lo conocimos mis amigas y yo en la plazuela, es todo un caballero y se ha permitido acompañarnos hasta nuestras casas.

El corpulento mozo lo barrió con la mirada, pero no encontró en Valdez un contrincante serio; al contrario, lo miró menos, apagó el habano en la gruesa palma de su mano y se lo regaló al tiempo que le decía:

—Toma… es tuyo, es un obsequio como agradecimiento por el deber cumplido.

El rostro del folclórico personaje se desquebrajó, pero mantuvo la verticalidad de su figura y sonriendo le dio las gracias; después, se despidió para perderse en el oscuro callejón.

Cuando ganó distancia empezó a maldecirse.

—¿Cómo pude ser tan bruto, tan imbécil?, eso me pasa por menso, por engreído y zonzo —murmuraba dirigiendo sus pasos al quiosco donde pensaba que aún lo esperaba Epifanio.

Una cuadrilla de 5 barrenderos levantaba el desastre post-celebración y de su pariente “ni sus luces”, el reloj marcaba la 01:00 horas y el frío se intensificaba, tomó la decisión menos favorable, muy a su pesar y con el miedo encima se encaminó de regreso, dispuesto a olvidar lo ocurrido.

Aun así, ya empezaba a maquinar una mentira más: diría a Epifanio que no estuvo a la hora indicada porque se había encontrado con una más de sus conquistas, pero que al final, había optado por darle el “No” a la suculenta y hermosa mujer.

Arrastrando los botines y con el miedo a flor de piel, se internó en aquella vereda. Caminaría por espacio de 500 metros, acompañado por la luz de los faroles del cinturón de la ciudad; después, tendría que continuar por un camino cercado con alambre de púas y rodeado de plena oscuridad, su mente calculaba que serían unos 800 metros.

Antes de llegar al sitio en mención, escuchó el ruido de unos pies que aplastaban las hojas entre los arbustos; el horror se apoderó de su mente y se acurrucó al costado derecho hasta sentir el filo de las agujas del cable. Pensó en esperar ahí, agazapado hasta el amanecer o echarse a correr de regreso a la ciudad; pero también tenía pavor de ser descubierto por los malhechores en plena huida.

Su cerebro y su cuerpo empezaron a segregar adrenalina, tenía que jugársela sin enfrentarlos físicamente; debía más bien, derrotarlos con su marcada superioridad e inteligencia.

A escasos 30 metros cobijados por las tinieblas, se encontraban Erick y David; cada uno con un par de machetes, esperando posibles víctimas para asaltarlos. No eran profesionales, eran torpes; se aprovechaban siempre de la superioridad numérica, buscaban en todo momento quedar Dos a Uno para no sufrir ningún percance.

Tenían ahí casi 2 horas esperando al solitario transeúnte, con la frustración a cuestas; estaban por retirarse cuando escucharon ruidos por el callejón. Se presentaba una última oportunidad para atracar y no irse con las manos vacías; respiraban nerviosos, el miedo los apresaba.

Serapio recordó que se hablaba de dos asaltantes y sacó de su bolsa el paquete de cigarros “delicados” que llevaba consigo. Encendió tres, uno lo puso en sus labios y los dos restantes en cada una de sus manos. Dispuesto a cruzar el tenebroso corredor, estiró los brazos para quedar en forma de cruz al tiempo que montaba un improvisado dialogo entre tres, alzando la voz:

—¿Oye Pedro y cómo te fue esta noche?

—Muy bien, sólo que me encontré con dos tipos que quisieron pasarse de listos y pues les di una golpiza, los dejé tan mal que tuvo que levantarlos la Cruz Roja.

—¿Y a ti Alejandro?…

—Fíjate que muy bien Serapio, conquisté una hermosa mujer; usando únicamente mi fuerza logré subir yo solo al palo encebado y después sometí al puerco con mis manos. No cabe duda, la fuerza bruta es lo mío.

—No les fue tan mal, a mí me tocó salvar a una señorita del torito pirotécnico, de hecho apagué muchos cohetes que se estrellaron en mi cuerpo. En mi caso ya me conocen, la velocidad y la destreza es lo mío.

Con el miedo dibujado en sus rostros, Erick y David lograron asomarse al oscuro sendero para ver a lo lejos a los 3 tipos fumando y presumiendo de las barbaridades que habían hecho aquella noche. Enseguida, salieron corriendo sin intentar siquiera enfrentarlos; Dos contra Uno, era justo; pero Dos Contra Tres, era un suicidio.

Si te gustan las historias de aventuras y los cuentos de humor cortos cómo el que apenas hemos presentado, entonces te invitamos a seguir visitando nuestra página. En ella encontrarás entretenidos relatos para reir sin parar.

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