El Cuarto Escalafón: Don Aparicio

Capítulo IIIDon Aparicio – El Cuarto Escalafón

Autor: Juan Pablo Rivera M.; D.R. © 2016

Categoría: Novelas Cortas para Leer en Internet

 

En el capítulo anterior de El Cuarto Escalafón, Paulino vivía con su mejor amigo en un basurero, hasta qué… Si todavía no lees el Capítulo II: Burbuja es bueno que lo hagas para que sepas todos los pormenores de esta interesante historia de aventura, la cual es una de las primeras novelas cortas para leer en internet que publicamos en este sitio. Sin más preámbulos te dejamos la tercera entrega que podrás disfrutar a continuación.

Después de caminar por varios días, y a falta de comida, Paulino empezó a mostrar síntomas de cansancio, notó un cambio radical en el paisaje, era natural, se estaba adentrando a la parte serrana, podía deleitarse con el armonioso canto de algunas aves que no había escuchado antes; el ruido del bosque, el crujir de la cama de hojas, los grandes pinabetes y el terreno más agreste le daban un toque mágico al lugar, el pequeño estaba alucinado al ver tantas cosas nuevas.

Tomó por una veredita sumamente estrecha, la tupida población de pequeños arbustos reducía considerablemente el paso, haciéndolo cada vez más difícil caminar rápidamente; como a 150 metros pudo ver una columna de humo gris que parecía salir de una cabaña.

Novelas Cortas para Leer en Internet: El Cuarto Escalafón - Don Aparicio

El hambre le aconsejó acercarse; sin embargo, apenas había avanzado unos cuantos pasos cuando se vio descubierto por un grupo de preciosos dálmatas que ladrando  alborotadamente pusieron en alerta a su amo, Paulino trato de correr; pero los animalitos lo presionaron tanto que cayó al suelo,  para después levantarse y tratar de refugiarse en un montículo de leña.

Don Aparicio es la tercera entrega de El Cuarto Escalafón, la cual es una de las novelas cortas para leer en internet de la autoría de Juan Pablo Rivera. A esta historia corta se le han hecho algunas adecuaciones con la intención de hacer más amena su lectura en línea.

 

Vio acercarse lentamente aquella figura de aspecto mayor, espigado, vestido con un pantalón vaquero, camisa a cuadros manga larga, de botones a presión, chaleco de piel, sombrero, botas y espuelas de acero.

—Hola jovencito, mi nombre es Aparicio, y tú… ¿Cómo te llamas? —Le sonrió el anciano.

—Me llamo Paulino y vengo desde muy lejos. —Contestó el muchacho.

— ¿Y tus padres dónde están?… ¿dónde vives? —Recalcó el veterano.

—Nunca conocí a mis padres, desde que nací viví en un basurero cerca de Tolteapan. —Respondió el infante.

—Acércate, se ve que tienes hambre y necesitas también un buen baño. —Agregó el señor.

Le supo estupenda aquella carne seca de venado que acompaño con tortillas de nixtamal recién hechas y agua fresca de pozo, prácticamente devoró todo lo que le pusieron enfrente.

—Debes estar cansado, hay una cama en ese cuarto, puedes quedarte todo el tiempo que desees, yo estoy solo y no cuento con nadie que me visite, me vendría bien una compañía. —Dijo Don Aparicio señalando una habitación contigua.

—Se lo agradezco Señor, muchas gracias por todo. —Puntualizó el pequeño viajero.

Don Aparicio militar de alto grado en retiro, ex revolucionario, temible caza recompensas, y actualmente hombre ermitaño; tenía ya mucho tiempo que se había retirado a vivir a las montañas, gustaba del buen tabaco, el excelente vino de mesa, y la buena comida internacional; pero en aquel lugar, había tenido que limitarse en sus gustos y adaptarse a lo que aquella región boscosa le podía dar.

No contaba con ningún familiar, su cara llena de arrugas demostraba que; sin lugar a dudas, había tenido una vida muy difícil, para poder sobrevivir tan alejado de la civilización, había tenido que aprender el arte “agrícola”, se esforzaba por cultivar maíz, haba, papa, avena y había sembrado alrededor de la finca de madera un sinnúmero de árboles de manzana, duraznos y membrillos, todos estos buenos hábitos, hacían que Don Aparicio rara vez bajara por víveres al pequeño pueblo de Jomalá situado a 13 kilómetros al sur de su rancho, así que, sus dos ejemplares ecuestres siempre se encontraban descansados.

Cuatro dálmatas le servían de compañía en aquel solitario paraje, a menudo cuando llovía, se sentaba en la terraza acompañado de sus fieles amigos a disfrutar de un café caliente y un buen cigarro; arrullado por las gotas que caían sobre el patio forrado de extensas alfombras de hoja, rememoraba las cosas importantes que había hecho a lo largo de su vida; las cosas malas prefería sepultarlas en su memoria.

Estaba consciente de que no era un santo, pero pensó que aquel chiquillo representaba alguna especie de redención, que había llegado hasta él por obra divina, para que por primera vez, pudiera hacer algo bueno en lo que le quedaba de tiempo; sin embargo, no estaba plenamente convencido de lo que su pensamiento le dictaba; no quería reconocerlo, pero aquel niño le había robado el corazón.

Los meses y años subsecuentes fueron de enseñanza total, al lado de Don Aparicio, Paulino descubrió el maravilloso mundo de las letras, aprendió matemáticas, historia, filosofía y cultura general; se sintió útil, importante. Se instruyó además,  en el arte de la guerra y la defensa, llegó a ser un excelente manejador del armamento más común, sobresaliendo en el uso de navajas, cuchillos, pistolas y rifles de largo alcance. 

Cuando su mentor se convenció de que le había enseñado todo lo que sabía a su pupilo, le entregó como regalo un antiguo revolver conmemorativo calibre .38 de cañón largo y un rosario de madera como símbolo de graduación.

Aquella mañana del mes de noviembre, no hubo café en la hornilla, ni desayuno en la mesa, Paulino despertó con un mal presentimiento, los dálmatas aullaron toda la noche, y un frío intenso se apoderó del ambiente a tal grado que tuvo que abrigarse con tres cobijas gruesas para poder medio conciliar el sueño.

Tendido en su catre, quedó Don Aparicio, su rostro se mostraba tranquilo, ni siquiera se desvistió para acostarse, cabalgó el umbral como habría querido, vestido de vaquero, con botas, sombrero y espuelas de acero, seguramente llegó hasta el sitio de sus sueños, rodeado de inmensas praderas doradas con hermosos bovinos y equinos pastando en calma y en paz.

Cuando Paulino movió el cuerpo para sepultarlo, se dio cuenta que las manos rígidas de Don Aparicio aprisionaban celosamente una especie de medallón troquelado en fino metal, una llave antigua y una nota que seguramente logró escribir antes de morir.

Pensó que el colgante, era alguna condecoración militar por los años de servicio que el anciano había dedicado al ejército, sin embargo, la nota adjunta le despejo sus dudas.

Hijo, cuando leas estas líneas espero que tu corazón no esté triste porque yo ya no estoy contigo, la insignia que tengo entre mis manos no es un decoro por haber hecho el bien, al contrario, representa las cosas malas que hice, de las cuales me arrepiento, de ahora en adelante es tuya, no puedo llevarla conmigo a la tumba, tienes que tratar de regresarla a donde pertenece, solo te puedo ayudar dándote algunas pistas: El tulipán grabado en una de las caras indica que en vida fui  “un contratista” y del lado contrario, el cuatro en números romanos (IV) simboliza el grado hasta donde llegue antes de “mi retiro”. En el momento que tengas contigo esta placa, heredaras automáticamente mi jerarquía, lo cual, te dará poder de influencia en el mundo del hampa. Si decidieras por “error” continuar mi camino, te pido que antepongas siempre el sentido de justicia por encima del dinero; en cuanto a la llave, abre el baúl de latón que esta junto a mi cama, ahí encontraras algunas monedas de oro y billetes de varias denominaciones, tómalos, son tuyos, te facilitaran la existencia en este mundo.

 

Paulino, enterró con un inmenso dolor al que para él había sido  su tutor y único amigo;  después del duelo que duró poco menos de 2 meses, dejó libres a los dálmatas y a los caballos para después, asegurar las pertenencias del que considerara como su padre, sintió el compromiso de investigar todo sobre  aquel extraño pendón.

Su alma no tenía nada que hacer en aquel lugar que solo le traía dolorosos recuerdos; guardó sus cosas en una antigua maleta de lámina color azul con brillos dorados, en un morral de hilo rafia, depositó bastante carne seca y algunas frutas; después, llenó con agua un bule hecho de ayal y se colgó ambas cosas al hombro, dispuesto a recorrer el mundo; pero antes, tenía que saldar una cuenta, aún pendiente.

Continuará…

Capítulo IV Ya disponible!!
Si te gustan las novelas cortas para leer en internet, entonces no olvides regresar a nuestro sitio para disfrutar el próximo Capítulo IV de El Cuarto Escalafón donde podrás conocer qué hará Paulino después de haberse quedado tan sólo en el mundo.
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