Una Ingenua de Buenos Sentimientos

TítuloUna Ingenua de Buenos Sentimientos

Autor: José Manuel Busso; D.R. © 2013-2017

Categoría: Cuento de Amor y Amistad

 

El siguiente cuento de amor y amistad recrea una historia de romance entre amigos por internet. En ella se retratan hechos con un desenlace un tanto inesperado que nos dejará inmersos en una profunda reflexión. Sin más preámbulo aquí se las presentamos.

Las manecillas de aquel reloj de pared, parecían avanzar a un ritmo somnoliento como si se negaran a marcar el fin de la jornada laboral. Ese detalle, le importaba poco a la luz del día que ya se mostraba impaciente por emprender la retirada.

En el área administrativa de un imponente centro comercial, se encontraba Betty un poco desesperada a quien le invadía el deseo de dar por finiquitado el turno de trabajo. Volvió a mirar por segunda vez su celular “touch” y se dio cuenta que la espera había terminado; pues los numerales en el “reloj digital” mostraban las seis en punto.

Cuento de Amor y Amistad - Una Ingenua de Buenos Sentimientos

Ordenó los documentos en el escritorio y de modo apresurado cogió su bolsa café Mk. Se despidió de los compañeros que miraron como se alejaba de allí dando zancadas con celeridad; era tan diferente su modo de actuar; eso se quedaron cuchicheando algunas personas con quien tenía varios años de compartir aquellas oficinas.

Una Ingenua de Buenos Sentimientos es un cuento de amor y amistad escrito por José Manuel Busso que nos entrega una interesante historia para reflexionar. Se le han hecho pequeñas adecuaciones con el propósito de publicarla en este sitio.

 

—¡Ya tendrá novio! —dijo la cizañera del grupo— pues desde el lunes así anda. ¿Lo han notado?.

—¡Ya párale con tus chismes! —atajó Rubén, para luego agregar sonriendo—. ¡El mero mero soy yo!

—Si tú lo dices… —se oyó que alguien mascullaba.

—Bueno, eso nomás lo sé yo; pero pues tengo entendido que es soltera, al parecer se divorció hace dos años por lo que si por ahí alguien la anda rondando, sería muy normal; es linda y aunque “me rompiera el corazón yo sabría perder” —terminó alegando el resignado admirador.

Tantas cosas habían cambiado para Beatriz; una hermosa mujer que apenas rebasaba las cuatro décadas, de mediana estatura y cuerpo digno de admirar, sus ojos más bellos que el cielo, quien los llegaba a mirar sentía perder la quietud del alma.

Los pajarillos en esas tardes frescas se volvieron testigos de cómo aquella dama recorría alrededor de 500 metros para llegar a la placita donde se veían algunas parejas enamoradas; allí era donde ella abordaba el camión que la acercaría a dos manzanas de su casa.

—¡Qué frío hace!; sólo a mí se me ocurre no traerme un suéter; y eso que ya llegó marzo —murmuró Betty.

La tristeza y los recuerdos la embargaron y después de sentarse en una banca se quedó ensimismada.

«No me acostumbro a esta vida, mientras estuve con Fernando nunca supe lo que era trabajar. Cuando viví con él sólo hacía las labores en la casa y ahora todo es tan diferente, y pensar que yo era tan feliz a su lado; pero ni modo, qué puedo hacer. Tal parece que la secretaria lo idiotizó y prefirió dejar a su familia por ella» —se lamentaba en sus pensamientos mientras esperaba el transporte.

Al llegar el autobús lo abordó todavía absorta y se retrepó en la silla aún inmersa en sus cavilaciones.

«Que bueno que le hice caso a Ilse, confío mucho en ella y sé que sus consejos son de buen corazón. Hoy volveré a platicar con ese señor por internet en la página de citas que me recomendó, realmente me encantan los momentos que paso con él; desde el domingo que comencé a tratarlo tuve la sensación de ser una persona diferente. Me encontraba tan sola que por ello no dudé en buscar amistades nuevas. Ya quiero llegar a casa porque se me hacen cortas las horas que paso con Josué, mi amigo virtual».

Apenas media semana y Betty se sentía tan atraída por la personalidad de aquel “confidente anónimo”. En cuanto descendió del vehículo, se encaminó hacia su domicilio dispuesta a realizar todos los pendientes para estar lista a las 8 de la noche: la hora de la cita.

Después de tomar una relajante ducha y darle cena a su hija, fue rumbo a la habitación donde se encontraba el ordenador portátil y mientras éste encendía procedió a saborear sus alimentos: un emparedado y un vaso de leche al que le daba sorbos placenteros para disfrutar lo que estaba recibiendo su famélica barriga.

—«¡Hola Linda, ya te esperaba» —fueron las primeras líneas que envió el “Don Juan del internet”.

La solitaria mujer al escuchar la alerta miró el mensaje llenándose de alegría y con atención siguió leyendo.

—«Espero que te pase lo mismo que a mí… siento que ya te extraño; llevamos poco de charlar y bien sabes que desde el primer día que miré tus ojos en esas fotos que tienes en el perfil, ya todo es diferente para mí; pero antes de continuar, quiero saber qué piensas tú, qué sientes, dímelo por favor».

—«Mira Josué… —empezó a escribir Beatriz— tengo dos años de tanta soledad y tristeza que tus palabras vienen a reconfortarme; dicen que también por internet se llegan a sentir “cosas extrañas”; pero hermosas y creo que me está pasando algo especial contigo. Los últimos minutos del trabajo son eternos para mí y sabes ¿por qué?…»

—«Creo imaginarlo preciosa —repuso el desconocido de forma galante—. Pero, anda… prosigue no me dejes así sin saberlo».

—«Pues… porque me estoy acostumbrando a ti; podría decirse que también comienzo a extrañarte —tales líneas le hicieron sentirse ruborizada—. Pero tengo miedo de sentir algo más, me han herido tanto que este sentimiento me hace de pronto que quiera retroceder —confesó virtualmente la bella mujer».

—«Sabes… yo también, creo que te lo he dicho; estoy solo, muy solo diría yo… Mis hijos viven en otra ciudad con su mamá y realmente, como quien dice perdí todo con ellos. El abogado me dijo que aparte de perder a mi familia, perdí mis bienes y que lo mejor sería que pusiera distancia de por medio entre ellos y yo para evitar algún problema legal. Todo esto me está enfermando el alma; tú me vas a comprender».

—«Somos dos almas tan parecidas amigo; que si en algo puedo ayudarte ya sabes que en mí tienes un hombro en que apoyarte. Sabes, me encanta la idea de que te hayas venido a vivir a esta ciudad; así… si un día queremos conocernos podríamos llevarlo a cabo; claro si nuestra amistad sigue por buen camino.

—«Si… ¡Me encantaría!, te lo juro Betty, que creo que eres una hermosa persona; no sé cómo fue que él te dejó. Pero bueno… por algo sería, quizá porque así podremos conocernos; aunque me da tanta pena contigo. Sabes, hoy nada más comí una sopa instantánea; ando tan escaso de recursos que no podría ni invitarte a algún lugar de los que tu mereces, es más; te confieso que he pensado en tantas cosas… como tirarme de un puente, pedir limosna. ¡Amiga no sé qué hacer! —terminó diciendo Josué».

Los bellos sentimientos de aquella señora brotaron de lo más profundo de su alma, se quedó reflexionando que si ella estaba pasando penurias, había otras personas que no les estaba yendo mejor.

—«¡Amigo, yo te voy a ayudar!, no quiero que te ofendas, eres una persona muy especial y no debes sufrir así. Sabes… pasado mañana ya es mi quincena y me pagan, aunque tengo muchos gastos yo quisiera apoyarte en algo… ¿Aceptas?».

—«¡Gracias!… qué pena, pero nomás porque ando tan mal te aceptaría lo que quieres hacer por mí; pero quiero que estés segura que te los regresaré muy pronto, en verdad que con esto me demuestras que vale la pena pensar en mirar hacia adelante. Tengo un sentimiento de agradecimiento tan enorme contigo».

—«!No digas nada! —expresó Betty sintiéndose plena al poder ayudar—. Para eso somos amigos, ¿qué no?…»

El intercambio de mensajes cargados de bellas palabras, se extendió por un par de horas en donde Beatriz perdió la noción del tiempo, gracias al embriago del mágico momento que le estaba regalando su amigo de internet y que la rescataba de una realidad triste y llena de soledad. Cuando miró el reloj, se dio cuenta con tribulación que un mundo real la esperaba, entonces supo que debía rendirse ante el sopor que ya sin remedio la tomaba entre sus brazos.

Las palabras dulces y melosas entre Beatriz y el infausto Josué, continuaron durante dos días más. Las horas de chat transcurrieron entre sonrisas, frases lindas y suspiros en dónde se afinaron los pormenores para conocerse personalmente. El sábado a mediodía, en las afueras de la iglesia del centro de esa ciudad, sería el momento y lugar perfecto para encontrarse aquel par de seres solitarios ávidos de cariño y comprensión.

El día tan esperado llegó, Betty arribó primero, nerviosa; vestida de blanco con ropa ligera. Días antes ambos habían intercambiado fotos; pero ella propuso vestirse con ese atuendo para facilitar el encuentro en aquella cita. No tuvo que esperar mucho, después de unos minutos apareció Josué.

—¡Hola amiga, que gusto! —dijo el recién llegado.

—¡El gusto es mío, encantada de conocerte! —respondió la mujer de bella mirada un tanto cohibida.

—¿Trajiste el dinero? —preguntó ansioso el hombre.

—Si… aunque no puedo ayudarte con mucho —expresó con desilusión Betty.

Mientras la tímida mujer buscaba el billete en su cartera, llegó a su mente un triste pensamiento: «¡Pobre!, tal vez aún ni prueba nada hoy, por ello tuvo que recordarme lo del préstamo».

—Mira te entrego 500 pesos y en verdad, es todo lo que puedo darte, ojalá te ayuden.

—¡Claro que sí!… —contestó el necesitado hombre— no es mucho; pero claro que me sirve, y ya te dije que regresarán a ti lo más pronto posible.

—Muy bien… y luego, ¿qué sigue? —inquirió Betty.

—Mmm… ¡No sé! —repuso Josué haciéndose el importante—. Sabes, tengo que hacer unas cosas ahorita a las dos; pero cómo vez si por internet nos ponemos de acuerdo para salir otro día. ¿Te parece?.

—¡Ya que! —murmuró Beatriz—. Bueno está bien, cuídate y espero tu mensaje—terminó diciendo un tanto afligida.

Aquel hombre sin decir más, dio la media vuelta y se fue. La atribulada mujer regresó a casa y visiblemente desesperanzada se refugió en su cuarto quien fue mudo testigo de las lágrimas que se asomaron en sus garzos ojos.

Pasaron los días y a pesar de tener deseos de volver a platicar con Josué aquella señora nunca volvió a saber de él, se dio cuenta que sus mensajes no podían llegar al destino pues aparecía como ignorada por el ladrón de ilusiones.

—¿Cómo es posible que me hiciera eso? —se preguntó con decepción—. ¡Estúpido viejo!, y yo que le brindé mi amistad y mi ayuda. ¡Ahora que lo pienso bien: su plan le funcionó a la perfección!

Se dio cuenta que el hombre que la transportó a un mundo de ensoñación y fantasías; simplemente decidía quitarse la careta dejando al descubierto a un farsante profesional, un vil embustero. Era evidente que se habían burlado de ella; pero esa experiencia tan dolorosa estaba llena de enseñanzas que la llevó a sumergirse en una profunda meditación.

«¿Cuántas mujeres no habrán o estarán cayendo en su falsa historia? Me gustaría decirle tantas cosas; pero no ganaría nada. Esto me hace reflexionar que no debo entregarme de manera impulsiva. Ojalá otras personas tengan más cuidado, pues para mí ya es tarde; pero todo esto que pasó es para qué se me quite la tonta, todo ha sucedido por ser una ingenua de buenos sentimientos».

Si te ha gustado este cuento de amor y amistad y deseas disfrutar de más historias de romance, que ofrezcan una agradable lectura de reflexión; entonces te invitamos a escudriñar en nuestro sitio en donde esperamos encuentres algo de tu interés.

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